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Atención al final de la vida: Ser voluntario/a en una Unidad de Cuidados Paliativos

A muchas personas les ocurre lo mismo: cuando piensan en ser solidarias asocian la palabra voluntario a un destino lejano. Sin embargo, África, Asia Central o América Latina no son las únicas opciones. De hecho, la necesidad puede estar más cerca de lo que se piensa. Se puede hacer voluntariado en muchos sectores y prueba de ello es la amplia gama de programas de voluntariado social que existe en España.

Según el informe elaborado por el Observatorio de Plataforma del Voluntariado de España, sólo el 6,2% de los españoles forman parte de programas de voluntariado, mientras que la media europea se sitúa en el 10%. Casos excepcionales como Noruega, donde su tasa de voluntariado sube hasta el 48%, denota la necesidad que existe en España de poner en valor el papel del voluntariado en nuestra sociedad.

El voluntariado social es como aquellas personas que se unen libre y desinteresadamente a un grupo concreto para trabajar con fines benéficos o altruistas y contribuir así a una causa específica de su interés. El concepto voluntariado se puede asociar con diferentes acciones, pero siempre con esas que tienen como objetivo común ayudar o colaborar en una causa.

Escuchar, acompañar, estar presente

Los Cuidados Paliativos surgieron en la década de los 60 en Gran Bretaña como un movimiento de solidaridad para prevenir y aliviar el sufrimiento de las personas con enfermedades oncológicas, pero, dado el bienestar que proporcionan, se han extendido a otras enfermedades crónicas para ayudar a los pacientes a tener un mejor bienestar y calidad de vida con la finalidad de sobrellevar la enfermedad y, a la vez, ofrecer apoyo a familias y allegados. Una buena atención para estos enfermos, crónicos y terminales, incluye, además del tratamiento médico, ayudas prácticas, psicosociales, emocionales y espirituales que les permitan mantener su dignidad sintiéndose queridos, poder despedirse y, en el momento final, tener una muerte en paz.

Según Marta López, psicóloga del Equipo de Atención Psicosocial (EAPS) de la Cruz Roja y participante en la Jornada “Ciudades que cuidan, también al final de la vida” organizada por la Fundación Mémora y la Fundación Victor Grífol s, “los voluntarios en cuidados paliativos han de tener una actitud clara de estar, sin más pretensiones; de autenticidad en la relación, de respeto a cada persona y a cada familia” y, en este sentido, apunta “hay que tener muy claro el perfil del voluntario, por lo que la asignación se realiza en función de su forma de ser y sus competencias”.

Por ello, “durante el proceso de inscripción de los jóvenes voluntarios, las organizaciones verifican que estos cumplan ciertos requisitos, pero también se evalúa que haya un interés y este se mantenga en el tiempo para que la persona mayor no vea esto como algo momentáneo”. Todas las personas voluntarias que apoyan en las áreas de paliativos, además de recibir antes una formación específica cuentan con el soporte de profesionales. En este caso, de un equipo de atención psicosocial (EAPS), cuyos profesionales, como Marta López, coordinan equipos que proporcionan este servicio a través de entidades sociales a hospitales.

Más allá de ayudar y acompañar, los voluntarios también aportan beneficios en otras dimensiones, tanto a nivel físico como emocional, social y espiritual.

Un aspecto fundamental de la atención consiste en identificar y atender necesidades esenciales como la espiritualidad, la dignidad, el afecto, la autonomía o la esperanza, todas ellas cuestiones que afloran con mayor intensidad cuando una persona se encuentra en fase de enfermedad avanzada. En el caso de España, el Observatorio Qualy vela por la implementación de un programa estatal de atención integral psicosocial a personas con enfermedades avanzadas y a sus familiares de la Obra Social «la Caixa».

El acompañamiento de los voluntarios en el proceso de final de vida es atender al enfermo pero, apunta la psicóloga Marta López, “también es muy relevante la atención a la familia, y no se puede entender el uno sin el otro”. Dadas las características de la sociedad en la que vivimos actualmente, la presencia del voluntario en el proceso de final de vida ha cobrado mayor protagonismo y el paciente y su familia son beneficiarios directos de estos programas de voluntariado. Más allá de ayudar y acompañar, los voluntarios también aportan beneficios en otras dimensiones, tanto a nivel físico como emocional, social y espiritual.

Según Marta López, “en muchas ocasiones la figura del voluntario se convierte en una pieza fundamental en la fase de despedida y aunque no existe una valoración sistemática hay estudios que confirman que en aquellos equipos donde ha participado el voluntario hay un mayor grado de satisfacción”.

En muchas ocasiones la figura del voluntario se convierte en una pieza fundamental en la fase de despedida.

Finalmente, los expertos apuntan que es imprescindible que toda la sociedad participe de una forma más activa en el cambio de las actitudes sociales y culturales para poder normalizar el proceso de morir, promoviendo valores y comportamientos de soporte, afecto y cuidados de las personas que padecen procesos avanzados. En especial, si además, los pacientes tienen necesidades de carácter social, como la soledad, la pobreza, la exclusión, la dificultad de condiciones, la accesibilidad al hogar o los conflictos.

En este sentido, el Observatorio Ciudades que Cuidan, impulsado por la Fundación Mémora se propone dar visibilidad a todas las entidades y organizaciones sociales, desde asociaciones de vecinos, ONGs, organizaciones religiosas de soporte, escuelas, entre otras, que promueven iniciativas encaminadas a mejorar las actitudes sociales y culturales y a fomentar el acompañamiento y el soporte a personas en situación de enfermedad avanzada y vulnerabilidad social, evitando la soledad no deseada en el proceso final de vida.

La Fundación Mémora con la colaboración de la Fundación Víctor Grifols organiza, periódicamente, seminarios para tratar temas sobre el envejecimiento y la soledad no deseada en el proceso de final de vida.