Personas

Gratitud a los ausentes

Cuenta una antropólogo cultural que, en una tribu africana, cuando un anciano muere, todos los miembros de la tribu, uno tras otro, se acercan a su oído y le agradecen algo que hizo en su vida. Esta ceremonia de gratitud que forma parte de un ritual ancestral, permite al moribundo morir en paz, acompañado de los suyos.

La traumática experiencia que estamos viviendo como consecuencia de la pandemia global, hace, en muchos casos, inviables cualquier ritual de gratitud. Muchos ancianos mueren solos en habitaciones extrañas, fuera de sus entornos habituales. Mueren sin saber que se mueren, mueren rodeadose de profesionales vestidos como buzos a su alrededor que tratan de humanizar, como pueden el proceso final de vida.

La comunidad de sus seres amados permanece en la lejanía y sufre con angustia no poder participar de la ceremonia de despedida, no poder acompañarle en sus últimos suspiros. Esta gravísima situación genera, por un lado, culpabilidad en los profesionales, pues, sienten que no pueden tratar al paciente, en su final de vida, cómo debería ser. Por otro lado, genera mucha angustia en los seres allegados, pues desearían estar presentes en el proceso final, para ayudarle a pacificar el último tramo de su vida.

En el proceso final de vida, uno necesita cerrar heridas, comunicar mensajes esenciales a sus seres más queridos y reconciliarse con los demás y consigo mismo.

La ritualización es un fenómeno antropológico universal. Los seres humanos somo seres que experimentamos la necesidad de ritualizar el nacimiento, el amor, también el final de vida. Esta ritualización se articula de distintas maneras según tradiciones culturales y espirituales, pero necesitamos rituales, religiosos o laicos, para humanizar las transiciones.

Leemos que, como consecuencia de la pandemia global, muchos ancianos mueren solos. Los derechos de la persona en situación terminal son vulnerados por una fuerza mayor. Con todo tipo de artilugios tecnológicos, los profesionales de salud tratan, a pie de cama, de mediatizar entre el paciente y su entorno familiar y abrir un intersticio de comunicación en un mundo hermético. En el proceso final vida, uno necesita cerrar heridas, comunicar mensajes esenciales a sus seres más queridos, experimentar el reconocimiento y la gratitud de los suyos, reconciliarse con los demás y consigo mismo. Todo eso ha sido dinamitado por los aires.

Cuando todo este vendaval haya pasado, cuando las aguas vuelvan a su cauce, será imprescindible curar muchas heridas emocionales, celebrar rituales de gratitud a los ausentes y, también, de reconocimiento a los profesionales que, con esfuerzo y tesón, intentaron abrir un intersticio para humanizar el proceso de final de vida. Expiar la culpa, el remordimiento, la pena, la angustia y la rabia no será fácil, pero será imprescindible para recuperar la salud emocional del cuerpo social.