Personas

Final de vida y muerte en un contexto que ni esperábamos ni deseábamos

Llevo unos 20 días desbordado, tratando de ayudar a mejorar una de las peores situaciones que ha provocado el Covid19: el final de vida y la muerte de nuestros mayores en residencias. No os podéis imaginar, como he añorado las sesiones de trabajo en la Fundación Mémora, con el Consejo Asesor, el Patronato y he sentido que la gravedad y peculiaridad de la pandemia, nos haya limitado a todos los implicados -personal sanitario, funerario y otros- el poder aplicar lo que llamaría, el “objetivo Mémora” que no es otro que ofrecer un final de vida en paz, sin dolor, evitando la soledad, cuidando de las familias, pudiendo desplegar el soporte al duelo, de forma exhaustiva. Todo esto, por desgracia, ha sido, casi en todos los casos, imposible.

Mi aportación no la puedo hacer tomando distancia. Estoy totalmente sumergido en una sucesión de crisis imparable en las residencias. Afortunadamente, los hospitales, en general han funcionado bien.

Hace ya tres semanas que decidí ofrecerme como médico a tres residencias de la zona en la que estoy confinado. Incluso lo básico era difícil de llevar a cabo. Parece que hayamos olvidado que las residencias no son centros sanitarios. Son alternativas sociales al hogar, más o menos medicalizadas. Más bien menos que más y, en cualquier caso, a precario estos días. Simplemente, aislar a los mayores (presuntamente) infectados de los (presuntamente) sanos era difícil por las características de esos centros. Digo presuntamente, porque no había -ni hay aún- suficientes tests para diagnosticar el Covid-19. Así que había que hacer una aproximación diagnóstica por síntomas.

Cuando esto acabe, retomaremos nuestro trabajo habitual y también tendremos que reflexionar y sacar las oportunas lecciones de esta experiencia.

Tampoco se disponía de equipos de protección individual, ni oxígeno, ni morfina, ni fármacos básicos para permitir una muerte sin demasiado sufrimiento. Cuando esta situación termine, se deberán hacer muchas reflexiones. Entre ellas, deberemos mirarnos al espejo, como sociedad, y preguntarnos cómo es posible que dejemos morir a nuestros mayores asfixiados. Normalmente, el Covid-19 mata cuando consigue provocar una neumonía y la consiguiente insuficiencia respiratoria grave.

En Mémora, hicimos las cosas bien con nuestro trabajo. La oportunidad de ir más allá de la muerte y el servicio funerario y dedicar esfuerzos al final de la vida y al duelo posterior. Poner en marcha el proyecto “Ciudades que Cuidan”, nos sitúa en el mejor camino posible de la implicación comunitaria y social. Esta vez, este virus pandémico nos ha hecho muy difícil poder desplegar todo nuestro potencial y demasiadas personas han muerto solas y demasiadas familias están pasando por un inicio de duelo, potencialmente, patológico.

Eso hicimos. En estos días, Mémora ha sido esencial para facilitar el trabajo del sistema sanitario. El personal de Mémora, no siempre con la protección necesaria, ha redoblado esfuerzos por hacer un excelente trabajo funerario. Desde hospitales, centros sociosanitarios, residencias, hemos visto unas morgues como nunca. Solo el trabajo silente y poco puesto en valor de los funerarios ha ayudado a que la cadena sanitaria no se cortara. Me gustaría conseguir concienciar a nuestra sociedad de que los aplausos diarios de las 20h también son para nuestra gente.

Cuando esto acabe, retomaremos nuestro trabajo habitual y también tendremos que reflexionar y sacar las oportunas lecciones de esta experiencia.

¡Salud para todos!